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Leila, la hermosa Leila, era conocida por todos como la hechicera de Baas Dah, próspera ciudad del camino de las caravanas.
Poderosa y enigmática, hechizaba a todos con sus encantos y embrujaba, a quien hiciera falta, con sus pócimas.
Leila no tenía rival.

Había nacido una noche de luna llena, en una aldea enclavada, como un nido, cerca de la cumbre de una montaña. Su madre se encontraba de visita en casa de unos parientes y el parto se adelantó más de lo previsto. Entre la partera y las tías mayores, ayudaron a parir a la joven mujer que daba a luz a su primer hijo. Fue un parto largo, difícil. Tanto que temieron que Leila no sobreviviría, pero la pequeña pasó la primera noche y muchas otras noches, viviendo y creciendo fuerte y risueña. Desde muy niña su madre la llevaba a los campos. Se familiarizó con el vuelo de las águilas y los halcones. Conocía todos los animales que habitaban el lugar, el fruto de cada árbol y el nombre de las flores que bordeaban los caminos. También las plantas que, una vez cocidas, producían el líquido sanador de los dolores de cabeza, calmaba la artrosis o evitaba los embarazos.
Junto a su padre, en verano, vagaba por los caminos que la nieve cegaba en invierno. Ninguno tenía misterios para ella y solía recorrerlos a lomos de caballo, observando, sin aprensión, el abismo que rompía la monotonía ocre de las laderas. Leila no tenía caprichos exagerados, excepto uno: amaba las rosas sobre todas las cosas. En su pequeño huerto cultivaba distintas clases de rosas que eran el orgullo de toda la familia.
El otoño de sus dieciocho años, un corrimiento de tierras sepultó parte de su aldea. Murieron sus padres y sus abuelos paternos. Ella se salvó porque se encontraba en otra villa vecina, celebrando la boda de una prima.
Sin lazos familiares que la unieran a su pueblo, Leila se marchó a Baas Dah. Los primeros días se refugió en casa de unos antiguos vecinos, pero la familia era demasiado estricta con las mujeres y Leila poco tardó en marcharse de allí.
Encontró refugio junto a una adivinadora que malvivía en una choza, a la salida de la ciudad. Leila hacía de limpiadora, de recadera, de cocinera, de jardinera, mientras la anciana atendía a los que hasta allí se acercaban buscando un remedio para sus males. La joven trabajaba y aprendía. Cuando la vieja enfermó, era Leila quien escuchaba y ayudaba a los que demandaban su ayuda.
Dos años más tarde, la adivina murió y legó a Leila todos sus bienes: riquezas que Leila nunca hubiera imaginado que aquella mujer pudiera poseer. Todo fue, desde ese momento, suyo.
Sus días de privaciones, se habían terminado.
Compró una casa, se rodeó de joyas, perfumes, sedas, velos y vestidos lujosos. Alejó a los pretendientes pobres y siguió con su trabajo de maga.

Su fama se extendió rápidamente por toda la zona. Su belleza era ponderada por camelleros, oficiales, campesinos y viajeros. Desde las ciudades más lejanas llegaban jeques y hombres ricos con el afán de cortejarla, pero ella a todos despedía de buenos modos. Decía que nunca se casaría a menos que el hombre que quisiera ser su esposo le regalara algo que ella nunca hubiera soñado conseguir.
Leila nunca consentiría en ser flor de harén. Amaba demasiado su independencia para dejarse seducir por unas riquezas que ella ya tenía.
Un día, durante la fiesta de la Santa Ramillah, llegó hasta su casa el jardinero, Malij. Pidió audiencia y las criadas le hicieron esperar su turno.
Cuando entró en la sala donde se encontraba la joven, le dijo que venía solamente a pedir su mano. Leila se rió durante algunos minutos mirando a aquel joven apuesto, sí, pero desaliñado y a todas luces sin un céntimo.
-
¿Qué puedes ofrecerme tú, pobre diablo?- preguntó Leila.
-
Te ofreceré algo que jamás hubieras pensado que podrías alcanzar.-
¿Y qué es eso?-
Déjame dormir esta noche en tu casa y mañana podrás comprobarlo por ti misma. Si no te complace mi regalo, me marcharé, pero si es de tu agrado, prométeme que seré tu esposo.-
Me parece justa tu petición. Sea, pues, Malij.Esa noche, el joven, durmió en uno de los aposentos de los criados.

Leila, risueña e intrigada, se acostó pensando qué podría ser aquello que le ofrecía el hombre.
Durante la noche se declaró una gran tempestad sobre la ciudad. Los rayos y los truenos se sucedieron sin cesar, castigando a palmeras y naranjos. Después, casi de madrugada, la lluvia cesó y las nubes se alejaron, dando paso a un fuerte viento que, desde el norte, el este, el sur y el oeste, desplegó toda su energía, moviendo las dunas del desierto y limpiando las calles y las azoteas de arena. Al salir el sol, la vida se desperezó, como cada día.
Cuando Leila despertó, llamó a su criada para que la ayudara a bañarse y vestirse. Perfumada, enjoyada y vestida, bajo a su salón y mandó llamar al joven del día anterior.
-
¿Qué puedes regalarme, Malij?- dijo Leila al ver al muchacho ante ella.
-
Baja al jardín y mira…Leila fue hacia el jardín y se paseó entre sus macizos de flores. De pronto el asombro y la alegría se reflejaron en sus ojos, en su rostro, en todo su cuerpo. Allí, destacando entre todas las margaritas, las azucenas, los lirios, los claveles, había nacido un rosal extraño, maravilloso. Un rosal en el que cada rosa reflejaba los colores del arco iris. Quiso tocar una rosa y al acariciar los pétalos estos se deshicieron entre sus dedos para volver a tomar forma de nuevo cuando el contacto dejó de existir. Intrigada se volvió hacia el muchacho.

-
¿Qué clase de rosa es ésta que puedo olerla, admirarla y, sin embargo, no puedo tocarla?-
Esta rosa, señora mía, es la Rosa de los Vientos.Leila emocionada, agradecida y enamorada, cumplió su palabra y se casó con Malij. Desde entonces, es la única mujer en el mundo que puede disfrutar en su jardín de una rosa única, extraña y mágica: la Rosa de los Vientos.
María del Carmen Polo