viernes 20 de noviembre de 2009

Nana de la Luna Clara

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El niño solloza
y se agita en la cuna.
El sueño a sus ojos
no quiere acudir.

Duérmete ya, niño,
duerme feliz.

Bajo la rama florida
de un cerezo blanco
una alondra canta
canciones a mayo.

Duérmete ya, niño,
duerme feliz.

Por la ventana del cielo
la luna se asoma
y escucha la nana
que llena la alcoba.

Duérmete ya, niño,
duerme feliz.

El niño lo escucha.
El niño se calma.
Sus ojos se cierran.
Ya quiere dormir.

Ya se durmió el niño,
ya duerme feliz.

El cerezo calla.
Enmudecen las hojas.
No hablan las ramas
en el quieto jardín.

Ya se durmió el niño,
ya duerme feliz.

Y hasta la mágica luna
se eleva un suspiro
del niño dormido
que sueña en su cuna
de nardo y jazmín.

Ya se durmió el niño,
ya duerme feliz.

Mª del Carmen Polo Soler

sábado 14 de noviembre de 2009

La Verdad Desnuda


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La verdad desnuda. Ante ella estaba la verdad en toda su crudeza. Se sentó de nuevo en el borde de la cama.¡Qué desánimo, Dios mío! ¿Alguna vez había sido el espejo su aliado? ¿Lo había sido a los veinticinco, a los veinte, a los catorce años? Probablemente no lo fuera nunca, ni siquiera la primera vez que, estando en brazos de su madre, ésta la acercara hasta la luna del armario señalando a aquella otra imagen incrustada en el cristal: ¡Mira! ¡Mira la nena!, y la nena se puso a hacer pucheros, desconcertada.




Desde pequeña había huido de los espejos. Nunca le habían dicho que fuera bonita, cosa que le importaba muy poco, aunque secretamente siempre envidió a todas sus amigas: todas eran hermosas -o eso le parecía a ella- gráciles, adorables. Ella no, ella era desastrada, poco femenina, una machorra: Diablo de muchacha, ponte a jugar con las muñecas y deja de correr con todos esos zánganos, que se pasan el día tirando piedras y buscando pelea, le decía su tía Eloisa. No podía contestarle a la tía Eloisa, pero ¿qué tenía de divertido peinar los falsos rizos rubios de una muñeca de plástico? ¿podía compararse a la excitación de encontrar un nido y ver a los polluelos con el pico abierto, piando a pleno pulmón?


De adolescente, haciendo grandes esfuerzos y tratando de complacer a su madre -Píntate un poquito, hija, que parece que estás muerta-, se había pasado las horas delante de ellos, con los correctores y los maquillajes, tratando de suplir con los cosméticos lo que la naturaleza le había negado, sin resultados apetecibles. No hay caso, mamá, si no me maquillo estoy horrible, si me maquillo estoy peor, y encima es una pesadez desperdiciar tanto tiempo...


Desencantada decidió dejar de lado espejos, lápices de labios y coloretes. Ella era como era y no había nada más que hacer. Se miraba lo imprescindible para colocar aquellos mechones rebeldes que se escapan de la coleta, o comprobar que el pañuelo estaba bien anudado al cuello. Sabía que no podía negar la evidencia, pero creía que si sus ojos no se cruzaban con aquellos otros ojos sería como ser otra persona diferente, la que estaba en su mente, la que nunca podría ser. Tienes un concepto demasiado terrenal de la belleza, hija, y no te das cuenta de que eres tan hermosa o más que cualquiera de todas esas chicas que tú tanto admiras, solía decirle su abuela, pero ella lo tenía muy claro: si un chico, en la calle, se volvía para mirarla es que era bonita; si pasaba a su lado como si su cuerpo fuera transparente, es que no lo era. Y pocos chicos, ni en la calle, ni en ningún otro lado, se paraban para mirarla.




Pero ahora era diferente. Ahora necesitaba ser atractiva porque había conocido a alguien y quería gustarle, debía gustarle. Esa noche se armó de coraje enfrentándose al espejo con la determinación del que tiene que ajustar cuentas y no puede demorarlo más. Tenía treinta años. Probablemente viviría hasta los ochenta. No quería ni podía pasar toda esa vida sintiéndose sentimentalmente tan miserable como la vida que ya había transcurrido. Tengo que hacer algunos arreglos en mi persona, o es ahora o pierdo a ese hombre y dudo de que haya otra ocasión.


Se levantó de nuevo y se acercó al espejo. En la penumbra de la habitación, iluminada suavemente por la lámpara de la mesilla de noche, sus ojos fueron recorriendo su cuerpo desnudo desde los pies a la cabeza. La vida no había sido excesivamente generosa con ella, no en ese aspecto, el físico: estatura mediana, muslos algo más gruesos de lo que sería de desear, pechos pequeños, boca demasiado grande, pelo castaño y ojos de un color grisáceo que no le había gustado nunca. Pero era fuerte e inteligente, había conseguido un trabajo que le gustaba, muy bien remunerado, su existencia era cómoda, se sentía llena de vitalidad, era alegre, tenía amigas y amigos para salir a divertirse y aunque ella deseaba una relación más seria con alguien del sexo contrario tan sólo en una ocasión, hacía tiempo, había salido con un hombre y la relaciónhabía sido un desastre. No sé de qué te extrañas, no eres muy flexible que digamos. Es que no tienes aguante, muchacha, en mis tiempos... bla, bla, bla, bla..., decía la tía Eloisa. Más vale sola que mal acompañada, solía decir su madre.




¿Qué hago? ¿Me apunto a un gimnasio? ¿me cambio la nariz, me elevo los pómulos, me tiño de caoba?, dime, espejito, ¿qué hago? La imagen del espejo continuaba muda. Después de unos segundos de interrogación, tuvo que sentarse de nuevo en el borde de la cama mientras le entraba un ataque de risa, al darse cuenta de lo que estaba tratando de hacer. Ella, que toda su vida había luchado por ser distinta a las demás, quería cambiarse, ¿para qué? ¿pretendía conquistar a otra persona valiéndose de falsedades? No sería justo hacer eso, no puedo seducir valiéndome de una mentira e intentar que se me quiera por mí misma porque no se correspondería con la verdad. Mi verdad es la imagen que me devuelve el espejo, que tampoco está tan mal, después de todo, y todo lo que anima mi mente. Si no se me quiere por eso, entonces... ¿entonces qué?


Se levantó de la cama y cerró la puerta del armario. Su imagen desapareció. Si no se me quiere por eso. entonces no es mi problema. Levantó el edredón de flores de la cama y se introdujo en ella. Alargó la mano hasta la lámpara y apagó la luz. Buenas noches, mamá. Buenas noches, tía Eloisa. Os quiero.


Mª del Carmen Polo Soler

jueves 12 de noviembre de 2009

La Noche


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La noche

es sólo un pájaro

de brillantes plumas

que anida

en nuestras mentes

y se nutre

de nuestros pensamientos.

Cada gema

engarzada en su cola

es un deseo escondido.

Cada grito,

una invocación

que alcanza

el final del universo.

Cada aleteo,

un anhelo que lucha

por hacerse realidad.

Y cuando la noche

levanta el vuelo,

deja tras sí brillos

de ilusiones

que se esparcen

en el infinito,

dejando

una estela de plata

que ilumina

de manera apacible

los caminos del corazón.


Mª del Carmen Polo

sábado 17 de octubre de 2009

Leila


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Leila, la hermosa Leila, era conocida por todos como la hechicera de Baas Dah, próspera ciudad del camino de las caravanas.

Poderosa y enigmática, hechizaba a todos con sus encantos y embrujaba, a quien hiciera falta, con sus pócimas.

Leila no tenía rival.



Había nacido una noche de luna llena, en una aldea enclavada, como un nido, cerca de la cumbre de una montaña. Su madre se encontraba de visita en casa de unos parientes y el parto se adelantó más de lo previsto. Entre la partera y las tías mayores, ayudaron a parir a la joven mujer que daba a luz a su primer hijo. Fue un parto largo, difícil. Tanto que temieron que Leila no sobreviviría, pero la pequeña pasó la primera noche y muchas otras noches, viviendo y creciendo fuerte y risueña. Desde muy niña su madre la llevaba a los campos. Se familiarizó con el vuelo de las águilas y los halcones. Conocía todos los animales que habitaban el lugar, el fruto de cada árbol y el nombre de las flores que bordeaban los caminos. También las plantas que, una vez cocidas, producían el líquido sanador de los dolores de cabeza, calmaba la artrosis o evitaba los embarazos.

Junto a su padre, en verano, vagaba por los caminos que la nieve cegaba en invierno. Ninguno tenía misterios para ella y solía recorrerlos a lomos de caballo, observando, sin aprensión, el abismo que rompía la monotonía ocre de las laderas. Leila no tenía caprichos exagerados, excepto uno: amaba las rosas sobre todas las cosas. En su pequeño huerto cultivaba distintas clases de rosas que eran el orgullo de toda la familia.

El otoño de sus dieciocho años, un corrimiento de tierras sepultó parte de su aldea. Murieron sus padres y sus abuelos paternos. Ella se salvó porque se encontraba en otra villa vecina, celebrando la boda de una prima.

Sin lazos familiares que la unieran a su pueblo, Leila se marchó a Baas Dah. Los primeros días se refugió en casa de unos antiguos vecinos, pero la familia era demasiado estricta con las mujeres y Leila poco tardó en marcharse de allí.

Encontró refugio junto a una adivinadora que malvivía en una choza, a la salida de la ciudad. Leila hacía de limpiadora, de recadera, de cocinera, de jardinera, mientras la anciana atendía a los que hasta allí se acercaban buscando un remedio para sus males. La joven trabajaba y aprendía. Cuando la vieja enfermó, era Leila quien escuchaba y ayudaba a los que demandaban su ayuda.

Dos años más tarde, la adivina murió y legó a Leila todos sus bienes: riquezas que Leila nunca hubiera imaginado que aquella mujer pudiera poseer. Todo fue, desde ese momento, suyo.
Sus días de privaciones, se habían terminado.

Compró una casa, se rodeó de joyas, perfumes, sedas, velos y vestidos lujosos. Alejó a los pretendientes pobres y siguió con su trabajo de maga.



Su fama se extendió rápidamente por toda la zona. Su belleza era ponderada por camelleros, oficiales, campesinos y viajeros. Desde las ciudades más lejanas llegaban jeques y hombres ricos con el afán de cortejarla, pero ella a todos despedía de buenos modos. Decía que nunca se casaría a menos que el hombre que quisiera ser su esposo le regalara algo que ella nunca hubiera soñado conseguir.

Leila nunca consentiría en ser flor de harén. Amaba demasiado su independencia para dejarse seducir por unas riquezas que ella ya tenía.

Un día, durante la fiesta de la Santa Ramillah, llegó hasta su casa el jardinero, Malij. Pidió audiencia y las criadas le hicieron esperar su turno.

Cuando entró en la sala donde se encontraba la joven, le dijo que venía solamente a pedir su mano. Leila se rió durante algunos minutos mirando a aquel joven apuesto, sí, pero desaliñado y a todas luces sin un céntimo.

-¿Qué puedes ofrecerme tú, pobre diablo?- preguntó Leila.
-Te ofreceré algo que jamás hubieras pensado que podrías alcanzar.
-¿Y qué es eso?
-Déjame dormir esta noche en tu casa y mañana podrás comprobarlo por ti misma. Si no te complace mi regalo, me marcharé, pero si es de tu agrado, prométeme que seré tu esposo.
-Me parece justa tu petición. Sea, pues, Malij.

Esa noche, el joven, durmió en uno de los aposentos de los criados.



Leila, risueña e intrigada, se acostó pensando qué podría ser aquello que le ofrecía el hombre.
Durante la noche se declaró una gran tempestad sobre la ciudad. Los rayos y los truenos se sucedieron sin cesar, castigando a palmeras y naranjos. Después, casi de madrugada, la lluvia cesó y las nubes se alejaron, dando paso a un fuerte viento que, desde el norte, el este, el sur y el oeste, desplegó toda su energía, moviendo las dunas del desierto y limpiando las calles y las azoteas de arena. Al salir el sol, la vida se desperezó, como cada día.

Cuando Leila despertó, llamó a su criada para que la ayudara a bañarse y vestirse. Perfumada, enjoyada y vestida, bajo a su salón y mandó llamar al joven del día anterior.

-¿Qué puedes regalarme, Malij?- dijo Leila al ver al muchacho ante ella.
-Baja al jardín y mira…

Leila fue hacia el jardín y se paseó entre sus macizos de flores. De pronto el asombro y la alegría se reflejaron en sus ojos, en su rostro, en todo su cuerpo. Allí, destacando entre todas las margaritas, las azucenas, los lirios, los claveles, había nacido un rosal extraño, maravilloso. Un rosal en el que cada rosa reflejaba los colores del arco iris. Quiso tocar una rosa y al acariciar los pétalos estos se deshicieron entre sus dedos para volver a tomar forma de nuevo cuando el contacto dejó de existir. Intrigada se volvió hacia el muchacho.



-¿Qué clase de rosa es ésta que puedo olerla, admirarla y, sin embargo, no puedo tocarla?
-Esta rosa, señora mía, es la Rosa de los Vientos.

Leila emocionada, agradecida y enamorada, cumplió su palabra y se casó con Malij. Desde entonces, es la única mujer en el mundo que puede disfrutar en su jardín de una rosa única, extraña y mágica: la Rosa de los Vientos.

María del Carmen Polo

domingo 11 de octubre de 2009

Y llegó la noche...

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Una noche más de horas dulces, serenas, de placer por esa soledad que limpia de todo lo indeseado que se ha ido incrustando en la piel durante este tiempo que somos, casi siempre, más lo que quieren los otros y menos lo que deseamos nosotros mismos.

Maravillosas noches...

De adolescente quería que llegara la noche para soñar despierta con príncipes azules y extraterrestres. Con los primeros para experimentar lo que otras ya estaban experimentando -y parecía ser que a mí nunca me iba a llegar. Con los segundos... para que me llevaran con ellos... lejos... lejísimos... ¡hasta el confín de la galaxia! Debía pensar por entonces que, a fin de cuentas, si mi mayor ilusión era llegar hasta China -que estaba en otro mundo-, ¿qué podía importar volar un poco más allá?

¡Noches de ensueños y desvaríos! Noches fulgurantes decorando el cielo segoviano de Revenga. Aquel cielo acompañándonos en nuestros paseos entre los ranchos, las rocas y las zarzamoras; que nos guiaba mientras saltábamos, de pedrusco en pedrusco, hasta llegar al embalse para quedarnos allí, sentados sobre las piedras, hablando de nimiedades y mirando aquella gran extensión de metal bruñido mientras oíamos cantar a los grillos, el chapoteo de las ranas, el gorgoteo del agua... Arropados por la oscuridad y sintiendo en la cara el aire templado que llegaba desde la Mujer Muerta, la sierra más cercana.

Noches de Coca, en agosto, bajando el caminillo de tierra desde el puente hasta el Eresma, para ver, entre los juncos de la ribera los revoloteos de las luciérnagas, y alto, muy alto, una cortina de estrellas fugaces descorriéndose sobre nuestras cabezas...

O las noches frías de Jaca, Puigcerdá, la andorrana Soldeu, Saurat en Francia… Noches escarchadas y mágicas. O aquellas otras de la Camarga francesa, con olores a lavanda, rodeada de magníficos viñedos y... de mosquitos.


Las noches de lunita bella a la orilla del mar. Porque si hay algo que se me enreda en la mente cuando veo la luna llena es Motril y las huellas de mis pies desnudos sobre la arena húmeda. Con el olor a sardinas asadas esparciéndose hacia Torrenueva, Salobreña y la vega, una vega cubierta de caña de azúcar, de chirimoyos, de flores. Y percibo el rumor del mar en calma, viendo el suave balanceo de las luces de las chalupas e incluso sintiendo el ronroneo de sus motores mientras faenaban.

O, algo más lejos de ese lugar y de ese tiempo, las noches gaditanas, clamorosas, de La Bermeja, el cuartel de la playa de Fuentebravía, con una Vía Láctea chispeante que yo degustaba a sorbitos mientras mi vista se deslizaba, embelesada, desde aquel camino plateado inalcanzable hasta la iluminación de Cádiz, de Puerto de Real, de San Fernando, de Rota... Como si no hubiera interrupción de ningún tipo entre unas luces y otras. Oliendo a algas, a sal, y siguiendo las acrobacias de los aviones americanos sobre la bahía.

Y las noches de Nueva Carteya, en las fiestas de San Pedro. Noches de junio cargadas de olor a rosas, azahar y galanes de noche. Oscuridad en las calles entregadas a deseos, pesadillas y mundos irreales; sintiéndonos intrusos al caminar por ellas, a las tres de la madrugada, muertos de risa, cuchicheando, oyendo a los vecinos a través de las ventanas abiertas de par en par, con las estrellas derramándose sobre los negros olivares y las cuerdas de las guitarras desgranando, a lo lejos, sus penas y sus canciones de amor...

Noches de fuego.
Noches de sopor.



Ya es la noche y a mi pensamiento vuelven tantas noches colmadas de bienestar y dulzura... Tantas estrellas ofreciéndome su brillo y la fortuna... Tantas horas de añoranzas...
Y tantas lunas ...

Mª del Carmen Polo Soler

jueves 8 de octubre de 2009

Sueños y Realidades

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Cada amanecer, al despertar, desde que había cumplido veinte años, Laura alisaba y doblaba con cuidado los sueños de la pasada noche. A continuación, los ordenaba en sus estantes correspondientes, por orden alfabético:

Actuar en el teatro,

Buscar un tesoro escondido,
Corretear con las luciérnagas al anochecer,
Dorarse con la puesta de sol de una playa mágica,
.
.
.
Saltar desde una estrella sin protección y sin red...


Así siempre, bien clasificados, de la a a la zeta.



La mañana del 1 de febrero de aquel año bisiesto no encontró un sueño para la ele. Se sobresaltó sólo un poco. Lo achacó a que la noche anterior había cenado lenguado, un lenguado exquisito que había hecho que se relamiera de gusto. Y no le dió mayor importancia.

Al día siguiente, el día 2, le faltó el sueño que empezaba por la té. Supuso que se debía a las tres tazas de té al jazmín que se había tomado, junto a sus amigas, la tarde anterior.

Al llegar al día 25, se había quedado sin sueños para la , la ché, la elle, la uve, la , la i griega, la , la , la , la jota, la erre, la , la ene, la equis, la zeta, la eme, la u, la ese, la , la eñe, la o, la hache y la uve doble.

Le entró una especie de pánico porque no comprendía a qué se debía aquel vacío de sueños, ella, que durante diez años, cada amanecer, había despertado saturada y acuciada por el deseo de poner en orden todo aquello que su mente producía. Y la prueba estaba allí, en sus armarios. Cientos de sueños permanecían primorosamente plegados y envueltos en el perfume de las ramitas de espliego, de lavanda, de rosas... Dispuestos para cuando ella los necesitara.



El día 26 acudió a un especialista en sueños. Le contó que aquel amanecer no pudo encontrar la i . Aquello era realmente grave. El hombre, experto en casos similares, la tranquilizó y le pidió que le contase que había hecho la tarde anterior. Laura dijo que nada especial, sólo había hablado con algunas amigas y poco antes de acostarse había recibido la llamada de José Manuel. ¿Quién era José Manuel? Ah, pues... en realidad... Bueno... sólo era un compañero, alguien con el que se reía mucho últimamente -contestó Laura, sonriendo y sonrojándose un poco.

El especialista anotó algo en su cuaderno y se despidió de ella.

El día 27 Laura corrió a la consulta. Era algo inaudito. Aquella noche le había faltado la e. Fíjese, doctor, con la e he tenido unos sueños estupendos. Si me falta la e, además de haber perdido todas las demás, ¿qué voy a hacer? Me estoy quedando con la mente en blanco, ya casi no me queda nada, nada, gritó Laura angustiada.

El experto volvió a preguntar, ¿qué ha hecho ayer por la tarde? Salir al cine. ¿Sola? No, no, sola no, me acompañó ese compañero tan divertido...

El día 28, Laura acudió a la consulta, tranquilamente. Esta vez, doctor, no ha acudido la efe. Nada, ni el menor atisbo de la efe, pero fíjese que me siento muy bien...

Llegó el último día del mes, el 29. Laura había dormido de un tirón, ilusionada, esperanzada, feliz... Había perdido los sueños que comenzaban con la a, pero ¿qué importaba?, le dijo al especialista. Se despidió de él, le contó que la estaban esperando, que no podía entretenerse. El especialista lo comprendía, por supuesto, le dijo adiós, le recordó que si necesitaba ayuda, allí estaba él...

Laura cerró la puerta y desapareció, los ojos brillantes y el corazón al galope.

El experto se acercó a la ventana, descorrió los visillos y les vió caminar uno junto al otro, cogidos de la mano... Bien... Alguien más que ha dejado de tramar quimeras en su subconsciente y se ha permitido hacerlas realidad y vivir. ¡Ah, el Amor, el Amor...!

María del Carmen Polo

miércoles 30 de septiembre de 2009

Italia

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El día amaneció amargo. La enfermedad y la vejez, habían ganado, una vez más, la batalla.

En la madrugada, antes de que los gallos cantaran, murió Italia.



A las doce de la noche ya se intuía que era cuestión de horas, minutos quizá. Tan sólo cabía esperar a su lado, y en la espera, tratando de tranquilizarla cada vez que le acometían los episodios de tos y asfixia, susurrarle historias que ella, sus ojos fijos en los míos, parecía comprender. No debían ser más allá de las cinco cuando le sobrevino un fortísimo ataque, dejándola temblorosa y exhausta. Después, tras unos minutos de calma creí que las fuerzas habían acudido de nuevo hasta su cuerpo, pero, con tristeza e impotencia, supe que no. Lo adiviné cuando sus ojos color avellana me miraron, y en su mirada no vi la luz de las luciérnagas al anochecer, ni ternura, ni alegría, sino el frío de la nada. Despacito, dulcemente, reclinó su cabeza sobre mis piernas y, en un último estertor, se sumió en su sueño de eternidad, mientras mi alma se rompía en mil pedazos y mis manos acariciaban frenéticamente sus largas orejas, su lomo, tratando de devolver los latidos a su agostado corazón.

Candela, su dueña, se arrodilló al lado de la perrita, pasándole los dedos entre su pelo blanco.

¡Pobre Italia!... Habrá que buscar un lugar para enterrarla.

Al verla allí, reposando, pensé que con aquel aspecto de serenidad, más que muerta, Italia parecía dormida. Por unos segundos me hice la ilusión de que era eso, que sólo estaba descansando junto a mí, como tantas tardes o noches, y en cualquier momento, ante un leve roce, un sonido desconocido, abriría sus ojos, levantaría las orejas y comenzaría a ladrar.

El hijo de Candela se la llevó de la alcoba.

Fue al irme a la cama, entre aquellas sábanas frescas, cuando me asaltaron todos los hechos de los últimos meses, agolpándose en mi cabeza y martilleando de tal manera mi cerebro que me ha sobrevenido un ataque de ansiedad. Me incorporé, asustada. El balcón, entreabierto, me mostraba un jardín que comenzaba a teñirse de tonos azulados. Me acerqué a la puerta de la terraza y la cerré. Fuera quedaba el alba y se despedían las últimas estrellas.

Volví a la cama para sumirme en un pesado sueño donde Italia aparecía sobre una piedra negra, saltaba por las orillas del río y corría hacia mí con un libro de poemas en la boca...

María del Carmen Polo